Lo abrazo fuertemente y con todos mis sentidos escucho. Escucho
nacer, volar y recaer su soplo; escucho el estallido que el corazón
repite incansable en el centro del pecho y hace repercutir en las
entrañas y extiende en ondas por todo el cuerpo, transformando cada
célula en un eco sonoro. Lo estrecho, lo estrecho siempre con más afán;
siento correr la sangre dentro de sus venas y siento trepidar la fuerza
que se agazapa inactiva dentro de sus músculos; siento agitarse la
burbuja de un suspiro. Entre mis brazos, toda una vida física, con su
fragilidad y su misterio, bulle y se precipita. Me pongo a temblar.
Entonces él se inclina sobre mí y rodamos enlazados al hueco del
lecho. Su cuerpo me cubre como una grande ola hirviente, me acaricia, me
quema, me penetra, me envuelve, me arrastra desfallecida. A mi garganta
sube algo así como un sollozo, y no sé por qué empiezo a quejarme, y no
sé por qué me es dulce quejarme, y dulce a mi cuerpo el cansancio
infligido por la preciosa carga que pesa entre mis muslos.
La última Niebla
María Luisa Bombal
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